26/12/2005

Lunahuaná

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Un cuerpo de mujer emergía del río cuando Luciano ingresaba al recodo que ponía a la vista el poblado. Dobló su torso instintivamente al tiempo que palpaba su cámara fotográfica con reflejos de reportero. Se cobijo tras unos arbustos sin dejar de observar el delgado cuerpo escurriendo sus humedades sobre la hierba. ¿Qué es esto, de dónde sale?, el lente capturando las imágenes. Tomó la felpa colgada de una rama y abrigó su cuerpo como fruto moro cubierto de hojas amarillas. Erguida, juntó sus manos con la tela extensa e instaló su mirada sobre el río que se descolgaba de los andes, encabritado, torrentoso, adolescente, sorteando los peñascos redondos y pulidos. Campesinos caminaban por la banda del frente arreando sus cabras hacia el monte, ajenos a la naturaleza que el lente atrapaba sin cesar. Y él, imaginándose a Toulouse-Lautrec observando juntos desde su genial mirada furtiva

La tela se arrugó en la hierba luego de unos minutos. Sus senos, turgentes, brillaban con la humedad. Vestida, caminó hacia él. Luciano encogido, mientras la sombra amarilla lo cubría acelerando su respiración. Pasó esbelta en dirección a Lunahuaná. Pasos cortos, cansinos, atizando imágenes en su memoria que parecía reconocer. Acomodó su equipo y fue tras sus pasos, cauto, sigiloso, recordando las fotos insólitas que había tomado a lo largo de su afición. Nada parecido a lo que acababa de observar, moderna Artemisa cobijada en medio de los andes, ¡ vaya, qué sorpresas ¡.

Cerraba la tarde cuando tomaron las calles pobladas de turistas ávidos por deslizarse sobre las aguas encrespadas y desplegar alas delta sobre el valle. Plagas indeseables – masculló – mientras dejaban la última callejuela de casas de un piso y fachadas coloridas y sorteaba, ella, las mesitas exteriores de una tasca en la plaza principal. Agitó con sus manos los restos de humedad de su cabellera mientras le servían una copa de tinto. En minutos una mano tocó su hombro, la besó sentándose a horcajadas. Luciano tomó un lugar cercano. Los jardines de la plazuela alojaban a chicas y chicos con mochilas y trajes coloridos, conversando y bebiendo de alguna botella que pasaba de mano en mano. El campanario dibujaba su esbeltez sobre la mitad de la pileta central.

Pensando en la experiencia del revelado de las tomas y cotejando las tonalidades del vino escuchó su voz. El sonido ordenó su memoria. Cadencia lenta, clara, redondeando cada palabra. Entendió el origen de sus recuerdos y volteó sin preocuparse de las formas. Era Isabel, ¡¡ si, claro que si !!... era ella. Mirada luminosa y el pelo rebelde encrespado, cayendo sobre su rostro dibujado por el tiempo. ¡¡ Qué cosas !!...¿y eso?...Rozó trivialidades que se dicen siempre sobre el destino. ¿Cuántos años?...no le reconocería, había mudado de ropaje, de mirada. La pareja bebió un sorbo de su copa y salió en dirección a la iglesia. ¿Debía acercarse?... no le agradaban las visitas al pasado, menos si carecían de futuro. Ruinas, vestigios inasibles útiles sólo para quienes carecen de mañanas. Ningún trato con los recuerdos, – decía. El pasado tiene el alcance de la mirada, fenece con el siguiente acto de mi vida, es dialogar con el vacío, claro que sí. Pero Isabel y sus recuerdos necesitaban una excepción. Le hizo un gesto con su vaso teñido de grana. Ella sonrió con una mueca que no demoró en congelarse, levantó el dedo índice y señaló su rostro con círculos pequeños.

- ¿Eres tú?...¿si?...Luciano?... ¡ qué sorpresa !...¿aquí ?...oh..mira… ¡ qué cosas…¡¡¡

Se acercó, tenso, desacostumbrado a los recuerdos. Se saludaron, palpó su cuerpo magro emergiendo del agua, respiró agitado. Se sentaron, escudriñándose sin disimulo.

- Sí, el mismo...cuántos años, qué cosas… ¿Y qué haces por estos pueblos?
- En una casita, por aquí, cerca del río,…venimos con Miguel los fines de semana a cultivar, descansar... ¿Y tú… éste tiempo?.Te alejaste de todo, nadie sabe de tu existencia, desapareciste…
- De aquí para allá, huyendo de la ingeniería, encontrando una ruta. Ando en busca de un terreno para pasar los inviernos y escribir. Dedicado a la escritura, ¿te imaginas?...

Isabel entrecerró los ojos con interés, lo miró un instante sin responder.

- ¡Mira tú,… era tu camino!...siempre cercano a esas cosas…escribías, soñabas o dibujabas mientras la pizarra se llenaba de fórmulas, ¿recuerdas?.

Si, recordó…¿el beso secreto que compartimos?...tu novio distraído nos miraba pasar en medio del bullicio de la reunión…luego la tarde en mi casa, estudiando, pulsando una guitarra, caminando sobre la confianza del beso oscuro. El agua tibia repiqueteó luego sobre nuestros cuerpos desnudos, nos entendimos con pasión sencilla, en silencio, sin cuentas que saldar y sin explicaciones. Tenía empeñado mis sentimientos, lo supiste, y tú andabas con ese muchacho esquivo y alterado. Nos miramos de lejos, más tarde, evitando dar señales que nos recordaran horas indelebles.

Hablaron del precio de las parcelas, de los vecinos notables y del turismo dominical. Un sorbo tras otro, persistencia de maneras suaves, discreta, cálida, madura. Sus palabras tenían las inflexiones profundidad y variedad que dan los viajes, las lecturas, el tiempo, los amores sin destino. Ojeó el equipo fotográfico con interés.

- Si, es una afición que no me deja,… tengo fotos tuyas que te las haré llegar.

Luciano sonrió ante su desconcierto…

- No entenderías las coincidencias, tampoco yo las comprendo, te explicaré si hay oportunidad, ahora dime cómo hallarte

Los viajeros entraban y salían con sus irreverencias y bullicio indeseables, agotando la bodega. Lo miró midiendo sus distancias, tensa, interesada.

Intercambiaban direcciones cuando llegó su pareja con aparejos de jardinería.

- Miguel... es Luciano, compañero de la universidad y quizá nuestro próximo vecino. Te hablé de él, ¿recuerdas?...el extraviado…¿si?...

Mediano, de rostro afilado, manos fuertes y mirada soberbia, sin pliegues, directo. No acusó recibo del dato, haciendo una mueca se acercó a la barra sin detenerse. Dió un vistazo a la tarjeta.

- ¿ Y si te vienes a tomar un trago esta noche, ¿qué planes…?
- Regreso en un momento a Lima, – se excusó.

No deseaba remembranzas adicionales, no soportaría el ritual del recuerdo, de las historias edulcoradas y de las inagotables anécdotas de aula. No quería alojar imágenes perdidas que pugnaran vaciar contenidos sobre su memoria.

- Me acercaré la próxima semana, a mi retorno, dijo esbozando una sonrisa.

Se miraron deseando seguir renovando las copas, expectantes. Le hizo una seña a Miguel y se fue en busca del hotel. ¡Cosas que tiene la vida! – pensó-, cruzando las calles coloridas que morían todas en el malecón...lo atravezó con las aguas espumosas a su izquierda.

Temprano tomó la autopista hacia Lima. Cinta oscura inacabable, el mar intermitente a su izquierda, pensando el extraño encuentro. No parecía anclada en los recuerdos, no mencionó a los amigos, tampoco se refirió al pasado. Recordó sus largos silencios, su resignada aceptación de las cosas, el novio equivocado, su rostro escondido en la sonrisa dulce, sus ojos de cielo húmedo y sus caminatas por los jardines con sus brazos abrigando libros. Conservaba intacta su mirada mojada de ilusiones. ¿Así me veo, con las señales del tiempo en mi rostro?. Su figura secándose de amarillo, su seguridad y su ánimo juvenil, rebotaban en su mente sin cesar. ¿Mi hogar, se hubiera quebrado igual, con ella, y mis hijas serían las mismas?. Fantasías, macondos imposibles, el pasado. La buscaría, hallaría alguna excusa, las fotos servirían, – pensó.

A los pocos días, con las fotografías reveladas, le sorprendió observar su nombre en la pantalla del correo. Abrió el mensaje con interés. Párrafos simétricos, extensos. Era un recuento sencillo de aquellos días, sin nostalgias. Reflexiva, distante de los lugares comunes, original, mostrando su densidad. Recuerdo la tarde aquella, el agua, las canciones, me acompañan siempre, – decía. Te amé sin duplicados posteriores, tú nunca lo supiste, no volviste del beso aquel, de la tarde aquella. Pensé siempre en verte algún día, preguntaba a los amigos. Me acompaña ahora la paz y el amor ausentes en mi vida por muchos años, compartimos la casa de Lunahuaná y las aulas. Aunque distante a mis hijas nos entendemos. Has abierto el pasado y lo observo aún palpitante. No era usual que una prosa sin afeites ni adornos dijera tanto en pocas líneas, además diáfana, transparente. Tenía que buscarla, profundizar en esa voz sonora y despreocupada del efecto de sus palabras, sólo fiel a si misma...

No retornaba al campus desde su examen de grado. El césped crecido, veredas descuidadas, pesadez en el ambiente. Paredes demacradas, años perdidos en cada ventanal, en cada puerta maltratada. No era solo la imposible pretensión de caminar sobre el pasado, era también la insoportable realidad del presente. Ubicó su oficina. Isabel le miró con sorpresa y desconfianza. Caminaron por el oscuro pasadizo. No pudo evitar verla emergiendo del río, atractiva.

- Tengo que preparar clases, mira qué momento.
- No, no demoro, solo invitarte un café y consultarte sobre la parcela.
- ¿Ya la compraste?
- Aun no...tengo también las fotos de las que hablamos.
- Espera, veré cómo arreglo unos minutos.

Vamos, -le tomo del brazo, tenemos un tiempo. Caminaron los jardines descuidados, con Isabel cubriendo los libros sobre su pecho. Se ubicaron en una mesa con sombrilla, frente a la planta de lácteos.

- Tú pluma es de escritora, -le dijo- mientras sorbía el yogurt con miel.
- ¿Tú crees?, exageras, bueno…en realidad siempre me gustó escribir.
- No sabía que recordabas con tanto detalle aquellos días, no sabía lo que guardabas...
-Si los recuerdo, son caramelos que saboreo siempre. Eran cosas que guardaba para mi,
creí que pasarían otros veinte años antes de otro reencuentro, -sonrió.
- Qué lindo término, caramelos...¿Tus hijas?, son dos ¿no?.

Isabel tornó su mirada hacia los caminos que se perdían en las plantaciones que rodeaban al campus. Hizo un número en la servilleta y respondió:

- Si, son dos ahora, fueron tres, uno se extravió en el camino.
- ¿Si?, ¿qué pasó?,
- Fue antes de casarme.

Luciano ocultó su mirada, incómodo de convertirse en depositario de secretos del pasado que no deseaba albergar.

- Qué sorpresa, -comentó al desgaire.

Isabel, pareció percatarse de su incomodidad.

- Son cosas mías que nadie conoce, quizá haya oportunidad de hablar.
- Bueno, si… ya tendremos ocasión.

Isabel observó su reloj y se levantó sin terminar el café. Luciano dejó las fotografías entre sus libros.

- ¡Vaya!, ¿son de la época aquella?,¡ qué lindas ¡...- las miraba desde fuera.
- ¿Verte en otra ocasión?.
- No, -contestó rápida- a Miguel no le agradaría, dejemos el pasado en su lugar, ¿no crees?.
- No tenemos pasado, retrucó Luciano de inmediato, sólo miro hacia delante, siempre. Vivir de nuevo los años concluidos hipoteca el futuro por deudas inexistentes, canceladas.

Isabel fingió no escuchar y prosiguió.

- No tengo espacio para nada ajeno a Miguel, mis hijas y mis alumnos, -dijo sin titubeos.

Terminó pasando su mano por el rostro pálido de Luciano y dándole un beso en la mejilla. Volteó para verlo en la mesita, rodeado de bulliciosos estudiantes que se despedían y llegaban. ¿Qué trae este encuentro?,- se preguntó.

Evita acercarte de nuevo por acá - le decía- en el mensaje siguiente. No quiero dañar a Miguel, lo amo. Preguntaba por las fotos, ¡qué situación más extraña !, explícame, ¿ cómo lo hiciste?, la casa está muy cerca de ese lugar…¡ vaya qué situación ¡. No volvió a visitarla pero las comunicaciones se hicieron diarias, extensas. Detallaron quiebres, renacimientos, penas y esperanzas, como si el tiempo se acabara. Supo de sus viajes, de sus amores varios. Le devolvía sus escritos llenos de ironías y anotaciones. ¿Dónde has estado?, le preguntó un día ¿Fuiste siempre así, como te retratan los cuentos?... Te curarás, Luciano, te ayudaré a caminar de nuevo solo, a volar, aceptar tu soledad. Algún día, sin notarlo, estarás de nuevo preparado para entregarte al amor, te veré partir y mis alas y raíces se irán contigo.

Horas de aprendizaje, de recuentos, de entender que el dolor tiene un proceso y sus propios tiempos antes de marcharse; como un ovillo que se desenreda sólo, que convierte las calles y los parques en tópicos, salas de emergencia, transitadas sin premura. Que el desconsuelo da sus primeros pasos, balbuceantes al principio, antes de caminar sin ayuda y marcharse. Son los cuarenta días con sus noches de convalecencia en medio del diario trajinar, rodeado de trabajo, de gente, rostros y más silencio. El dolor, -supo Luciano - es sólo la otra cara de la felicidad, y aprendió con Isabel a aceptarlo con naturalidad, a alojarlo en sus venas como sangre de intensidad oscura, de igual vitalidad. Y el pozo oscuro, insondable, se fue aclarando; las mañanas tornándose luminosas, comprensibles. Y ella haciendo más espaciadas sus comunicaciones, mas cotidianas sus letras.

Y esa mañana, la carta, nerviosa, corta. Empezó a leerla con temor. “…Miguel ha dejado de acompañarme. Fue hace unos días en el trabajo. Llegamos, como siempre, por caminos distintos. Discutíamos una investigación compartida y en medio de los documentos se deslizaron tus fotografías. Fue inútil cualquier explicación. Nunca lo había visto de ese modo, la memoria del tiempo olvidado retorno a sus palabras. Recordó el hijo que perdí, mis ausencias, el cariño que te tuve. Mira, ajustando él cuentas de un pasado que no compartimos. En fin, qué se le hace a la vida, siempre terca en cumplir sus designios. Acaba una etapa, es hombre de rencores. Quizá yo buscaba un final como éste, resulta incomprensible mi desinterés en aclarar la situación...cosas que pasan,... ¿qué más puedo decirte que no lo sepas?...nuestras cartas, Luciano, fueron experiencias de renacimiento y reencuentro con lo mejor de mi vida. Has mudado de piel y en mi se asoma un nuevo plumaje. Nos hemos tocado los espíritus, despertado los sonidos y poesía que llevábamos dentro, recuperado mi adolescencia...No tuve con Miguel sensaciones similares, no escuché de él tus palabras y tu ternura. No posee las vidas que viviste. Así lo acepté, así lo amo todavía, práctico sencillo. Me ha dado mucho. He pensado, después, en el sentido de tu presencia, ... llegaste en un momento inesperado, como los cometas de paso que alumbran segundos de nuestras vidas y cambian teorias y visiones. ¿Porqué detuviste mi desnudez en medio de las aguas que he sentido siempre lo único mío?. Quizá más adelante, quién sabe, puedas entender también el significado de tu vida en la mía...".

Luciano se revolvió en su asiento. Humedeció sus ojos como tantas veces esos días y sintió perder de nuevo sus sentimientos…

26/12/2005 18:43 Autor: -aukisa. Enlace permanente. Tema: Cuento. No hay comentarios. Comentar.

Punta negra

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El frío y la humedad se esforzaban por ingresar en la pequeña habitación. Desde allí, con la puerta entreabierta, le resultaba fácil a Gonzalo vigilar la recepción. No parecía asomarse una noche de movimiento. Intranquilo, luego de revisar las habitaciones, se recostó a hojear con desgano las noticias. Distraído, guiado por el borde de las hojas, una mancha verdosa en el techo llamó su atención. La imaginó diminuta selva atrapando en su interior la habitación toda, con él dentro, diluido en pequeñas partículas vegetales, fundido en el trópico minúsculo.

Instantes cortos, de ficciones, que ayudaban a Gonzalo a escapar de la rutina gris, la somnolencia diaria de vivir con los horizontes cansados, recortados. Años de compromisos banales, de reiteraciones cotidianas, con sueños de juventud olvidados, postergados... Y faltaba tanto aún.

El timbre del intercomunicador, rompió su silencio.

- ¿Tiene habitaciones?, - preguntó una voz joven, decidida, monocorde.

Se incorporó con rapidez, para verificar por el mirador. Observó en la puerta que comunicaba con el estacionamiento a un hombre en sus tardíos treinta. Mediano, oscuro de tez, cabello negro muy corto, formando una repisa encima de la frente. Su pareja se perdía entre las rejas de fierro. Ingresaron, se quedó inmóvil, adherido al mirador, cuando la vio ingresar. Su belleza hendía el aire y dejaba atrás una oquedad observable sin dificultad. Quiso asociar ideas adicionales sin éxito. La conozco, la he visto en algún lugar, -pensó. Los reflejos amarillos y castaños de su cabellera liberada cubrieron sus hombros con destellos que iluminaron su rostro.

De la muñeca del acompañante colgaba una gruesa esclava de oro, con figurillas repetidas en el áureo cronómetro y en el anillo reluciente. Perfume penetrante, ademanes rudos y decididos. Hosco, indiferente a cualquier estimulo externo. Furtiva su mirada celeste, en ella. Por un instante se miraron. El temblor ligero de sus dedos le obligó a posarlos sobre el mostrador. Luego de llenar formatos, el visitante indicó que vendrían a buscarlo, que le hicieran saber. ¿Qué eran? –se preguntó, mientras revisaba el estante de llaves. Nunca sabría el costo de averiguarlo.

Dejó el llavero de la habitación en sus mano, rozándola deliberadamente. Se miraron por un instante y se perdieron en los pasillos. Verificó sus datos. Claudia, limeña, residencia en una avenida que Gonzalo conocía bien. Recorrió las hojas tratando de encontrar sus nombres duplicados. ¿Pero, que le pasaba? ¿Porqué ésta inquietud?. Había recibido a infinidad de personas, parejas, viajeras y nunca sintió interés por ir más allá de lo cotidiano. Ahora, inquieto, perturbado, tratando de recordar dónde había reparado en esa mirada. Pasó y repasó mas de una vez por la puerta de la habitación tratando de percibir alguna señal que explicara sus angustias, o evitará hechos que estaban fuera de su control. El hombre de la limpieza lo miraba con inquietud.

En poco minutos se asomaron al hotel dos tipos de talla inusual, fornidos, con lentes oscuros escondiendo la rigidez de sus rostros. Llevaban dos maletines de cuero que cargaban con dificultad. Se acercaron al auto del visitante y dejaron los maletines en la cajuela. Luego se alejaron, como llegaron, sin dejar rastro.

Avísame cuando salgan de la habitación, -le dijo Gonzalo al conserje. Se recostó de nuevo, en vigilia, sintiendo la pesadez del aire, palpando su vida, asfixiada por la mediocridad. Dominado por el sueño, sonó el timbrazo de advertencia, salían. El visitante le señaló rudo, a Claudia, un sillón. Espérame, voy por el auto, -casi le gritó. Debía actuar con premura, alargó su mano hacia el llavero que jugueteaba en sus manos. Ella, rápido, lo izó con la punta de los dedos y se lo entregó pulcramente, impidiéndo repetir la impertinencia anterior. Con gesto irónico Claudia le preguntó:

- ¿Siempre roza la mano de sus clientes?
- Perdone,... no pude evitarlo, fue una torpeza, -balbuceó.

Sabía que no habría oportunidad similar. El hormigueo de sus manos dolía.

- Me...gustaría verla en otra ocasión, - le dijo dominando su nerviosismo.

Miró buscando el auto de su pareja y con la sonrisa irónica, sin alterarse, le contestó

- No tengo ningún interés de conocerlo, -seca, cortante.

Levantó los hombros, quiso replicar, las luces del auto se lo impidieron. Claudia, con gesto breve de su mano se despidió. Pegado al ventanal los observó alejarse, a gran velocidad, hasta ser un punto rojo sobre el asfalto iluminado. Se sentó tratando de ordenar sus emociones. Nunca diseño un perfil de mujer para él, pero Claudia coincidía con las imágenes que hasta ese día ignoraba poseer. ¿Será por eso que me parece conocida?. Lugar inadecuado para construir ideas absurdas sobre una imagen inasible. La perfecta idiotez, el camino a ningún lado, -se dijo. Distrajo su tensión pensando que el acompañante era un palurdo que apenas arañaba su vida, compañia impuesta que intuía se encargaría de explicar.

La sensación de pesadumbre y derrota se atenuó hacia el mediodía. Sin borrar de su mente la imagen de Claudia y luego de aburridas gestiones y de organizar pagos se acercó a la dirección que tenía entre sus dedos. Desde el auto vigiló el edificio a unos metros de la puerta principal. Caminó explorando el entorno, percibiendo el ambiente. Fue el primer día de una prolongada rutina que prosiguió que sustituyó a la acostumbrada hasta provocar confusión en su trabajo. Nunca estaba para una firma sobre un documento, comunicaciones se apilaron sobre su escritorio y del hotel reclamaban su presencia sin respuesta. Su menguada vida cambió de horarios y costumbres que parecían inalterables.

Luego de unos días la vio saliendo del estacionamiento, hacia el atardecer. Iba acompañada con el tipo del primer día y los escoltaba una camioneta rural con lunas obscuras. Se encaramó en el auto y no los perdió de vista. . Se detuvieron para recoger a dos chicas jóvenes que esperaban en una vivienda del camino. Del carro escolta salieron los dos matones con maletines similares a los observados en el hotel. Tomaron el desvío al aeropuerto.

El visitante del hotel se perdió con las dos chicas en las oficinas de migración, le seguían los gorilas con los maletines de cuero. Pasaron cerca a su lugar de ubicación y lo chequearon con mirada profesional. Pensando que estaba provocando ser reconocido, se retiró del terminal. Esa noche, su mujer lo interrogó sobre los cambios que observaba. Has abandonado horarios, -le dijo- , llegas tarde, tenso, irritable y apenas si le dedicas unos minutos al pequeño. ¿Qué sucede?. Contestó con generalidades. Pareció tranquilizarse con sus argumentos. Vivían con el cariño justo y medido, sin desbordes, sin apasionamiento, carente de intensidad, como un empleo burocrático en el que se trabaja con plazos y con esfuerzo, sintiendo inalcanzable la jubilación. Educado para cumplir los rituales burgueses: familia estable, suficiencia económica, privilegiar el futuro, club de prestigio, buenas relaciones, una casa en la playa y soñar con el departamento en Miami. Siempre había querido trastocar ésa realidad, siempre también encontró una buena excusas. Careció de fuerza, aliento, decisión o de un motivo para deshacerse del purgatorio. Ahora sentía tener una razón. Sabía con intensidad que nada sería como antes.

Unos días después la vio salir a mitad de la mañana. Se dirigió a un supermercado cercano. Cerca, sin perderla de vista. La ubicó en la zona de frutas. Su belleza es sólo comparable con mi estupidez, -pensó. Pusó detergentes sobre un carrito de compras, y lo enfiló contra ella y enganchó con el suyo. Acción perfecta, quedaron atrapados. Alardeó con las disculpas, y luego de aparentar sorpresa le dijo que se habían visto antes, sin precisarle el lugar -. Ella no contestó.

En breves instantes estaba ayudandole con los paquetes acomodándolos en su auto. Acción sincronizada, perfecta, pero no debía dejar la acción inconclusa, -decidió entusiasmado.

- ¿Tomamos un café?.
- ¡¡No !!, ¿porqué?. Tengo compromisos,- cortante, seca.

Pensó que la explicación le daba ventaja.

- Serán sólo unos minutos, -retrucó con decisión.

Miró los alrededores, cerrando la maletera, le respondió.

- Conversemos acá unos minutos.

Ocuparon los asientos delanteros. Gonzalo sintió poseer el futuro en sus manos.

- No te imagines cosas, no termino de entender mi aceptación, me pongo en peligro extremo… y también a ti, lo tuteó
- Para tu tranquilidad te diré que tampoco entiendo mi reacción. Es como aferrarse a la nada, te sigo desde hace semanas, te he vigilado, abandonado todas mis rutinas. Hasta hoy, que te veo el rostro de frente.

Claudia lo miró sorprendida.

- No trabajo, no duermo, no camino sin ver tu imagen frente a mí. Pareces el camino extraviado que nunca debí perder. Créeme loco, iluso, estúpido, colócame el nombre que quieras, pero sentí la necesidad de acercarme sin que me interese las consecuencias.

Caludia miró los alrededores, tensa, irritada.

- ¿Qué quieres, que pretendes de mí?, -le interrogó directa.
- Conocerte, abrir una ventana en tu vida y observarte desde allí sin estorbar. Pedirte un día para mi. ¿Sabes?...encontrarte ha sido recordar que algo me falta. Concédeme un día de tu vida, nada más.

Le miraba nerviosa, con sus brazos entrelazados.

- Mira, no sabes lo peligroso que puede resultar conocerme. No puedo contactar con gente nueva. Es cierto que mi vida es vacía y me siento sola, pero me las arreglo. Fue mi elección, no entenderías si te explico. Estoy atrapada entre el odio y la resignación y tú no puedes hacer nada por evitarlo, nadie podría hacerlo.

Transcurrieron breves segundos de silencio, cortados por un vigilante que caminaba cerca.

- Tengo que irme. Todos tus esfuerzos serán inútiles - añadió - soy un tema difícil. No pierdas tiempo conmigo.

De pronto divisó a los dos gorilas saliendo del carro escolta, estacionado hacia la salida, miraban hacia ellos. Gonzalo, se hundió en el asiento.

- Te dejaré a unas cuadras de aquí -le dijo Claudia- no te hagas ver.

Salieron raudos dejando a los matones observando su partida.

Mientras bajaba del auto la tomó del hombro e insistió en verla de nuevo. Luego de observarle y cerrar los ojos, puso en sus manos un número telefónico.

- Es mi privado. Llámame.

Lo hizo de inmediato, mientras regresaba al estacionamiento.

- Quise verificar tu número y hablar de lo mismo…volver a verte.
- Sabes que es peligroso.
- Si es necesario iré a buscarte a tu departamento, -replicó ansioso.
- ¿Estás loco?...nunca pienses en hacer algo así. Te aseguro que no volverías a caminar en tu vida. Escucha...puede haber una forma, mañana estaré en la playa, en Punta Negra. Toma los datos. Allí podremos conversar. No lleves tu auto.

Un ciclista se perdía entre el polvo y las gaviotas organizaban su vuelo rompiendo la neblina. El mar cercano se olía con nitidez. No había rastros de gente en el interor de la casa. Se fijó en la hora, aún tenía tiempo, -pensó- y decidió dar una vuelta por los alrededores. Una gran extensión de blanca y fina arena separaba a la casa de las olas. Se trepó a una roca que dominaba un extremo de la ensenada. La neblina aún no se despejaba y cubría gran parte de la bocana. Las casas se veían deshabitadas.

Mientras arrojaba guijarros pensó que los últimos días habían sido los primeros con sentido en muchos años. No sabía dónde le arrojaría después el laberinto construído. Ojalá que su salida conecte con el mar, nadaría hasta el horizonte, perdiéndome entre sargazos, anguilas y caballitos de mar. ¿Qué pasaría más adelante? No lo tenía claro. Sabía sí, que pocas cosas serían iguales. Se deslizó hacia la base de la roca. De pronto una mano en su hombro. Era Claudia.

- No debiste venir hasta aquí. Muévete, vámonos.

Hablaba al tiempo que jalaba de sus brazos. Quedaron muy cerca de sus rostros. Pudo sentir su aliento. Rozó su piel, ella se separó con presteza.

- Todos me conocen aquí. Caminemos.

Señaló hacia la parte alta del cerro que lucía una gran cruz en la cumbre. Transpusieron la elevación y descendieron a una playa larga de olas extensas continuas y espumosas. Caminaron por la arena húmeda en silencio. Presionar la espuma de las olas y los guijarros, al mismo tiempo que dejaba sus huellas le daba una sensación de eternidad. Nadie distinguiría sus pisadas, mas tarde -pensó. No verían el calor que emitían hoy. Se adelantó tratando de atrapar una gaviota que picoteaba sobre la arena.

Claudia rompió el silencio.

- He pensado en las locuras que estás haciendo por acercarte. Nunca nadie ha hecho algo semejante por mí. Me halaga, me emociona. Después de años creo ver un rostro. Quisiera aferrarme a él ¿sabes? Pero no puedo pasar de aquí. No puedo.
- Solo tienes que quererlo
- No basta, hay que poder hacerlo. No es fácil.

Dio el nombre del tipo aquel y añadió.

- No permitiría que cambie de vida y mucho menos que lo deje. Es capaz de todo.
Me hallaría en el fin del mundo.

- Pero ¿Lo quieres?, ¿Lo amas acaso?
- ¿Has amado tú?. Yo nunca…me he sentido amada. Me gustaría palpar esa sensación. No me gustaría morir sin conocerla. Me intriga tu actitud, tu osadía. Me llena hasta aquí.

Con su mano extendida le mostró el final de su pecho y continúo:

- Has rozado sentimientos que creí no estaban en mí. Conocernos hace unos años, quizá hubiera facilitado las cosas. Es muy tarde para mí.
- Si lo dices por ...
- No, no es sólo él - le cortó. Es también una forma de vida.
- Déjame ingresar a esa vida y transformarla, replicó.
- Ya lo estás haciendo. Veo lo que has hecho y me interesa saber de ti. Me intrigas. ¿Quién eres, qué haces, qué es tu vida?. Quisiera conocerte, aprender de tú osadía.

Mientras hablaba la bruma se acercaba a la orilla y su cabellera se humedecía con la brisa, pegándose a su rostro haciendo destacar los azules verdes de sus ojos. Se contuvo de apretar su cuerpo contra el suyo, retrasó sus pasos para observarla. Su figura penetraba la tenue neblina. Las gaviotas volaban muy bajo, sus aleteos se tocaban con los dedos. Las olas incansables como batallones blancos condenados al suicidio permanente dejaban sus cuerpos en la orilla. A lo lejos se perdían las últimas casas de la playa, diminutas, vacías, lejanas.

De pronto se escuchó un ruido sordo y seco, al mismo tiempo que una fuerza potente hizo girar a Gonzalo hacia la playa. ¿Y ese sonido?.
Tratando de entenderlo, sintió que su pecho se humedecía, cálido, uniforme. El calor cubría con premura toda la superficie de su vientre y se deslizaba hacia la arena. Introdujo su mano debajo de su americana y la extrajo manchada de rojo. La buscó con la mirada pidiendo una explicación. La sangre se deslizaba por sus pies descalzos tiñendo la arena. No había dolor, sólo una sensación de alivio, soledad y agradable pesadez.

Claudia caminando hacía él, confundida, sin entender, lanzó un gritó que escuchó lejano. Se tomó la cara con las manos crispadas. No alcanzó a impedir su caída. Se desplomó sobre la arena.

Se apretó el corazón mientras la vida se le iba. Quiso tomar sus manos. Claudia tomó las suyas ensangrentadas. Su rostro escondido tras su cabellera se desdibujaba con rapidez. Sus lágrimas caían sobre Gonzalo como neblina condensada, penetrando por la comisura de sus labios entreabiertos, que ella besó con suavidad. Lejano el ruido de las olas. Ella hablaba, pero no alcanzaba ya a escucharla. Dos sombras, largas, corpulentas, interminables se acercaban, entre sargazos y caballitos de mar.

26/12/2005 18:24 Autor: -aukisa. Enlace permanente. Tema: Cuento. No hay comentarios. Comentar.

Ariana y el rapto de las vicuñas

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Ariana dormía con frecuencia en el campo, abrigada por las estrellas y cubierta de hojas secas que presurosas la cobijaban al reconocerla. En su casa se acostumbraron a sus ausencias, las explicaban con naturalidad luego de las aprehensiones de los primeros días, cuando solían buscarla desplegando antorchas de luciérnagas. La hallaban siempre abrigada, tendida sobre la hierba resguardada por pequeños animales del campo, durmiendo plácida rodeada de reflejos de la luna. Estaba bien, - concluyeron -, que Ariana creciera independiente, perfeccionando sus cualidades y nutriéndose de hechos sobre naturales. ¿Porqué preocuparse finalmente?, si Karhua era un lugar seguro.

Fue una noche de Santiago, las vicuñas dormían en los corrales, preparadas para ser las protagonistas de la fiesta de marcación que se iniciaba al amanecer. El Santiago era una fiesta que se perdía en el tiempo. Cuando los occidentales llegaron, la festividad tomó nombre hispano, pero la comunión establecida entre la naturaleza, los animales y los hombres se mantuvo incólume y continuaría hasta el fin de los días. La ceremonia la hacían sacerdotes solares y se iniciaba con el primer rayo del astro posándose sobre la comarca sagrada. La luz, señalaba con exactitud el lugar principal en el templo de las tres ventanas. Sobre un medallón de oro, reproducción de su rostro y que enrojecía bermellón al ser tocado, el sol parecía despertar a la vida inaugurando un nuevo solsticio. Luego del encuentro del astro padre y la tierra, los sacerdotes elevaban la chicha entibiada con el reflejo de los rayos solares y la derramaban luego por los confines de los cuatro suyos. Enterraban después hojas de coca y granos de maíz blanco en una cavidad al centro de la planicie. Se arrodillaban y oraban en silencio. Era el pago a la tierra, solicitarle que acepte ser sembrada y albergue a los hatos sobre su corteza. De inmediato los animalilos jóvenes eran organizados para sujetar de sus orejas los colores de cada comunidad. Cintas multicolores y campanillas tintineaban en la comarca sagrada.

La música era abierta y danzantes bailaban con la música proveniente de la oquedad que unía el río Apurimac con el Markasani. Al final de la fiesta los animales adquirían el entendimiento para comprender a los humanos. La comunión eterna de los tres mundos se terminaba de construir aquel día. El aire, la tierra y sus entrañas, unidos en una trilogía divina y perdurable.

Ariana, luego del Santiago, se disponía a dormir, y hablando con sus amiguitos observaba el cielo reconociendo las constelaciones. De pronto, la inquietud repentina de sus pequeños compañeros la sobresaltó y la llevó a ubicar su rostro al borde de los acantilados para descubrir el origen de la tensión que se sentía. Luces brillantes en el horizonte se movían con lentitud, era una hilera de vibrantes puntos que se acercaban sin apuro, escalando y descendiendo las superficies oscuras y ondulantes de la cordillera. Luego de observarlas por extensos minutos la sinuosa luminosidad se detuvo, suspendida en el aire, titilante, delatando las fronteras de sus formas. Era una columna de hombres y mujeres con antorchas relucientes en sus manos. Ariana observaba sobresaltada y curiosa el desplazamiento del grupo vestido a la usanza de la comunidad de Curahuasi que alguna vez en el tiempo habitaron la casa mayor de la comarca. Conocía de atuendos, había viajado con su madre por los confines de esa tierra de tonalidades multicolores y conocido sus costumbres, su música y sus idiomas. Sabía de sus hábitos de hurtar animales, amaestrarlos y luego venderlos a los circos que deambulaban por las comarcas vecinas en los meses de julio de cada año.

La fila de antorchas rodeó los corrales con gran sigilo. Luego de acercarse al oído de la vicuña principal, todo el hato se tranquilizó. Las ordenaron en grupos de acuerdo a los tamaños y colores de la lana. Gran rapidez, ausencia de ruidos. Los perros guardianes, que dormían en las cercanías, no se percataron de la presencia de los extraños que ejecutaban su labor con perfecta sincronización. Unos seleccionaban las vicuñas, otros las sacaban del corral y las mujeres las disponían prestas para la marcha. Terminadas sus rápidas acciones las condujeron hacia el antisuyo, sorteando el barranco pasando por los hornos de cerámica y continuando hacia las fronteras de Karhua. Se perdieron en la oscuridad de la noche. Ariana, reconociendo el peligro, prefirió no ser vista. Dejó su ubicación con rapidez para caminar presurosa hacia su casa. En su premura olvidó que ella podía recorrer ese trayecto remontando los aires con sus brazos desplegados al viento.

Demoraron en aceptar la historia. Los hurtos se habían considerado cosa del pasado en la comarca sagrada. Pero luego de escuchar detalles que provenían de la verdad, reconocieron que estaban ante un hecho que había que investigar. De inmediato se dirigieron a los corrales provistos de las luces de enormes luciérnagas. Estaban vacíos. Subieron al Markasani y vieron aún las luces de los raptores perderse en las últimas cumbres del camino que los llevaban fuera de la tierra sagrada. En breves minutos no hubo ser vivo que siguiera durmiendo, nadie que ignorará y no discutiera los detalles de la historia. Desde las plantaciones de caña, tunales, chirimoyos, surgían murmullos que se entremezclaban dando un tono florido a la ocasión poco grata. Así era el ambiente que se vivía a diario en esta comarca, plena de luz y color aún en la desesperanza y los peligros. Cada versión agregaba un retazo nuevo de ideas que, al clarear el día, convirtió la historia oficial en otra muy alejada de la verdad original. En Karhua la realidad se mezclaba con la ficción para formar una nueva realidad que se imponía y modificaba la nueva versión hasta hacerla cierta.

Se juntó la comunidad de ancianos y determinó que la misión principal era recuperar los esbeltos y valiosos animales multiplicados en años de duro trabajo y selección. Habría tiempo después para castigar a los culpables y diseñar un mejor sistema de seguridad. Se eligió a Saturnino como el jefe de la expedición de rescate. Era un mozo fornido, líder de los medianos y con gran influencia entre los pequeños. Escogió a su gente y decidieron partir en cuanto la luz del sol levantara en el horizonte.

Fueron despedidos en medio de música y cánticos que auguraban un final feliz. Tomaron el camino del Antisuyo y siguieron las diminutas huellas de las pisadas ayudándose por el olfato de hormigas azules que los acompañaban en la ruta. Traspusieron las alturas hasta observar que Karhua quedaba atrás en la planicie. Ariana se quedó con los deseos de acompañar a la expedición. No pudo convencer a sus padres ni a Saturnino que ella sería una excelente ayuda en la misión. Le explicaron que atrasaría a los caminantes, que pondría en peligro sus vidas, que no aguantaría los rigores de las noches al aire libre y que extrañaría la tierra sagrada. Sabía que se equivocaban en la decisión pero prefirió no reclamar. Se escabulló hacia las alturas y desde allí acompañó a sus amigos hasta los confines de Karhua para seguirlos con la mirada triste.

Ir y volver de Curahuasi no debía demorar más de un día. Se juntaron muchos voluntarios dispuestos a seguir las huellas de los medianos. Los ancianos decidieron esperar dos días adicionales. Luego organizaron la salida de los pequeños. Eran seres que no llegaban al ciento de centímetros en estatura, trabajaban normalmente arando la tierra y extrayendo el licor de la falca instalada en el Markasani. Su capacidad de comer con brevedad, caminar sin descanso y su ánimo guerrero los hacía indicados para la tarea. Felices aceptaron la decisión y una veintena de ellos dirigidos por Florencio se prepararon para partir con rapidez. Esta vez Ariana fue aceptada, pero le indicaron que al menor síntoma de debilidad o retrazo se volvería de inmediato a la comarca. Ella sonrió enigmática, no sabían de su capacidad, -pensó. Su madre la observó alejarse con la expedición mientras su padre la observaba preocupado y confiando en ver muy pronto de regreso a su niña dorada.

Al amanecer vieron las primeras viviendas de la antigua comunidad de Curahuasi, con el humo de sus hornos y chimeneas ondeando por encima de los chachacomos y envolviendo el poblado bajo el manto compacto del humo protector. El color predominante era el azul añil, combinado con un fuerte tono rojo arcilla. Los colores invadían los tejados y las paredes de las pequeñas viviendas. Los caminos se veían pintados de amarillo ocre y los campos de amaestramiento de los animales lucían arreglados y vacíos. La comunidad entera ausente. Las cocinas encendidas con sus fogones guisando los alimentos, distraídos animales abrevaban en las inmediaciones de las parcelas, pero ni un solo ser humano caminaba por sus estrechas y vistosas callejuelas. Recorrieron la iglesia, el colegio, los telares de alpaca, sin éxito.

Ariana de pronto observó que hacia el fondo de los telares se distinguía una puerta amarilla disimulada con herramientas livianas. Retiró los objetos y removiéndola penetró en lo desconocido. Dejó expectantes afuera a los ansiosos pequeños con Florencio, su líder. No demoró en retornar para indicar que la siguieran. Atravesaron con rapidez los estrechos y bien iluminados túneles que los conducían, a través de una suave pendiente, hacia las profundidades de la tierra. Luego de salir de un recodo pegado al abismo, aparecieron en los acantilados cuatro pumas en disposición de atacar a la expedición. Con felina rapidez se adueñaron desafiantes de las partes altas listas para saltar sobre los pequeños. Ariana reaccionó con decisión y desplazándose en el espacio se acercó a los furiosos animales que se calmaron al ver a la niña dorada acercarse con actitud pasiva y cariñosa. Puso los labios en sus oídos, calmándolos. Muy quietos se acurrucaron para dormir.

Continuaron descendiendo y más allá en un espacio cubierto con una gran bóveda repleta de estalactitas encontraron un puente colgante balanceándose sobre el infinito. Era una delgada y desafiante línea sin aparente fin. Ingresó primero el líder seguido por los temerarios pequeños que se adherían a las delgadas cuerdas con fruición. Cuando ya habían avanzado un largo trecho aparecieron de la oscuridad y desde todos los espacios, amarus que infestaron con velocidad asombrosa el estrecho camino haciendo imposible dar un paso hacia delante. Los ofidios se deslizaban por los zapatos hacia el interior de las ropas de los hombrecillos intentando cubrirlos por entero. Espantados no atinaban a reaccionar ante la inmensidad de viborillas que empezaban a cubrir sus cuerpos. Ariana de nuevo remontó los aires y sin alterar su ánimo les dijo: "aman pucllaychu" y con un gesto de sus manos empujó a las viborillas hacia las profundas oscuridades.

Transpusieron el extenso y peligroso puente, observando hacia abajo un enorme anfiteatro que reunía a toda la comunidad en torno a su líder que hablaba y gesticulaba con fervor. En ambientes contiguos, estaban las vicuñas secuestradas y muy junto a ellos todos los medianos encerrados por altos entramados de madera. Se les veía bien cuidados y alertas. Están todos, -dijo Ariana que los terminó de contar. Observaron con sorpresa, sin entender qué hacia el fondo del anfiteatro y separados por una gran pared de vidrio se observaba el pueblo azul añil que dejaron atrás sobre la superficie, con sus columnas de humo elevándose hacia el cielo. Dimensiónes de espacio y tiempo incomprensibles para los humanos. Había sin duda una salida para esa ruta secreta que eliminaba las longitudes convencionales de la existencia, -dijo Ariana. Tendrían que hallarla para salir con los medianos y los animales a salvo.

Se instaló al borde del estrecho pasaje y se lanzó al vacío desplegando sus brazos con soltura y decisión. Produjo una ráfaga de viento que fue advertida rápidamente por los raptores. Admirados rostros seguían con perplejidad los desplazamientos gráciles de Ariana. Luego de efectuar algunas maniobras de destreza y dominio del aire posó sus pies en el suelo y se dirigió caminando con decisión y tranquilidad hacia la masa hostil reunida en el anfiteatro. Les dijo: “han visto ustedes el despliegue de nuestras fuerzas, no queremos hacerles daño, sólo recuperar nuestros animales, llevar en paz a nuestros compañeros y a nuestras vicuñas y la afrenta de profanar la tierra sagrada será olvidada…”. Madurez y decisión, extraña para una niña de su edad. Los pequeños expresaron su admiración con un sordo murmullo que recorrió la sala. El líder máximo, presentaba un talante reacio a tamaña exigencia. Entonces giró sobre si misma a gran velocidad y generó un torbellino que levantó por los aires a todos los raptores. Lo prodigioso del hecho es que la enorme fuerza generada no perjudicó a ninguno de los expedicionarios de Karhua ni a los animales que permanecían en los corrales y mucho menos a los medianos que observaban la escena.

Luego de verse desperdigados por todo el anfiteatro, el líder, con un gesto positivo, dio la orden de abrir las cercas y liberar a todos los cautivos. Se desplegó una gran columna de vicuñas de preciosos y refulgentes colores dócilmente montadas por los pequeños dirigiéndose hacia la pared traslúcida que separaba el anfiteatro del pueblo. Traspuso Ariana sin dificultad el vidrio caminando a través de su propia imagen, sólo un ruido armonioso y breve anunciaba que sus moléculas se desintegraban temporalmente. Instante suficiente para trasponer las barreras del tiempo y de espacio convencionales. En breves minutos se hallaban respirando el aire puro de la comarca. No distrajeron sus fuerzas y continuaron sin descansar hacia Karhua .

Antes del amanecer continuaron el viaje y arribaron con las primeras luces a las alturas de la tierra sagrada. El sol, como en todos los inicios del solsticio de invierno marcaba el corazón del Markasani. Desde allí desplegó sus brazos y se deslizó a gran velocidad hacia el centro de la planicie, donde esperaban sus padres y todo el concejo de ancianos. Se estrechó con ellos en un abrazo que simbolizó tenerla lista para mayores y más peligrosas aventuras.

*"ama pucllaychu"...no jueguen.

26/12/2005 12:37 Autor: -aukisa. Enlace permanente. Tema: Cuento. No hay comentarios. Comentar.




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